Hace unos días encontré entre los mails que me mandaba mamá, uno en el que  compartía un relato cotidiano, con una aplicación sobre el cielo hermosa. Lo escribió mucho tiempo antes de que le tocara partir al descanso eterno, pero ya anhelaba estar en el cielo, porque sabía que allí vería a su Señor y Dios, en quien reposaba su alma.

Me llenó de paz y gozo leer esas líneas, y cada día anhelo yo también estar allí para volvernos a encontrar.

Les comparto el relato:

 

“Llegar a casa”

 Acabo de volver de un trayecto a la capital en un día caluroso previo a la conclusión del año transcurrido.

Después de descender de la combi que nos trasladó por más de una hora, porque estaba atestada de vehículos, caminé un par de cuadras a cierto lugar y luego: ¡a casa!.

Los zapatos se sentían más chicos y la boca seca.

Cuando abrí la puerta, inmediatamente me descalcé y respiré hondo, ¡había llegado!.

En el momento pensé en nuestra llegada al hogar celestial. Seguramente nuestro alivio será muy superior al relatado en las líneas anteriores.

Estamos pendientes y anhelantes de esa llegada?. Cantamos muchas veces como cristianas: “ el mundo no es mi hogar, soy peregrina aquí”, pero nos apoltronamos como quien ama más lo de aquí.

Dios “nos da todas las cosas para que las disfrutemos”, pero sabemos que aquí nunca será pleno el disfrute. Muchas veces “nos aprietan los zapatos en nuestro andar”.

¡Que hermoso será llegar a la casa del Padre, nuestro buen Dios!.

Allí no habrá más lágrimas, ni dolor, estaremos junto a Aquel que murió en la cruz por nosotras.

Es bueno disfrutar lo hermoso que nos dio Dios, sin perder la visión  de lo eterno,  no todo termina aquí, nos espera lo mejor al “llegar a casa.»   

2010 – Raquel Vazquez de Campilongo

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